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Dolor animal. noviembre 7, 2008

Posted by anamanzana in animales, ética, Emociones, General, Muerte.
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La Real Academia Española define:

dolor.

(Del lat. dolor, -ōris).

1. m.Sensación molesta y aflictiva de una parte del cuerpo por causa interior o exterior.

2. m.Sentimiento de pena y congoja.

Los humanos como otros animales somos susceptibles a la vulnerabilidad: a padecer accidentes, enfermedades, algunos tienen necesidades de cuidado especial desde su nacimiento y para el resto de su vida. Todos los seres humanos sin excepción somos vulnerables en dos etapas de nuestra vida: cuando nacemos y cuando llegamos a la vejez. 

En el tiempo que formamos parte de este gran grupo vulnerable, cuando no podemos sobrevivir sino con la ayuda de otros, cuando somos dependientes, es cuando la delgada línea que el ser humano ha tratado de dibujar para separarlo de los demás animales no humanos, se vuelve difusa para diversos temas que ponen en tela de juicio nuestras actitudes actuales hacia los mismos.

El dolor es algo que sucede en nuestra mente un “acontecimiento mental”, y jamás podremos observalo, sólo podemos inferir a través de indicadores externos que otros también lo sienten. Es factible inclusive caer en el engaño y creerle a alguien que dice sentir dolor por el hecho de comunicarlo verbalmente.

Los humanos tenemos una gran ventaja sobre los demás animales por el hecho de tener lenguaje, aunque algunos científicos sostienen que animales no humanos con un cerebro evolucionado, como por ejemplo los delfines, también poseen un tipo de pre-lenguaje. Sin embargo, con lenguaje o con un pre-lenguaje, los animales con sistemas nerviosos superiores, tenemos una gama de muestras o expresiones sobre la sensación de dolor: pupilas dilatadas, espasmos, chillidos u otros sonidos, contorsiones faciales, entre muchos otros.

En el caso de los animales no humanos, la cómoda distancia que hemos establecido con ellos nos ha privilegiado históricamente para menospreciar su capacidad de sufrimiento y de esta forma abusar de su condición vulnerable.

La mayoría de los animales salvajes tienen esa instintiva necesidad de no aproximarse a los humanos ya que para efectos de supervivencia somos otro depredador, por lo que muchos mueren de paros cardiacos por el miedo que les provocamos al tener contacto directo con ellos. En televisión documentaron el caso desafortunado de un venado que por accidente se enganchó con un alambre de púas, por lo que tenía una grave herida en su garganta que ponía en peligro su vida. El venado muere cuando unos veterinarios lo atrapan para salvarlo, quitarle el alambre y curarlo. Fue muy triste, ya que no había forma de explicarle al venado que lo iban a ayudar, supongo que eso sólo pasa en el mundo Disney.

Si el día de mañana es necesario que nos extraigan una muela, sabemos de antemano que el dolor será pasajero. Por otra parte, nosotros tomamos la decisión de pasar por un momento de angustia, dolor o malestar, pero con el conocimiento derivado de la opinión y experiencia de un experto (el dentista en este caso) que nos hacen pensar que los beneficios son mayores que el costo total (tiempo, dinero, dolor y esfuerzo).

Este contexto es para explicarles, el dolor físico y posteriormente psicológico más grande que he sufrido hasta ahora y que por mucho me puso en claro que en cualquier momento nos podemos convertir en ese ser vulnerable, sin importar qué tan racional o avanzado o evolucionado o sublime o centro del universo, o medida de todas las cosas o cualquier otra etiqueta nos coloquemos.

En cualquier momento podríamos sentir el terror de sufrir un dolor físico que nos sea imposible comprender, y tal vez tampoco tengamos en ese momento la lucidez para explicarle a alguien nuestra condición.  Lo cual nos pondría en la misma desventaja y condición que el venado que literalmente murió del dolor y del susto.

He aquí mi historia.

Inicia mi dia, otro más de muchas semanas, con mucho sueño y pesadez. Tengo entonces 30 años, y mi racionalidad atribuía mis malestares a una leve depresión por mi relación en franco declive con mi entonces esposo.  Me duele el cuerpo en general y tengo unas constantes ganas de orinar.

Me llaman unas amigas y me invitan a comer. Yo acepto sin mucha algarabía pensando que charlar con ellas me animaría un poco, sin embargo decido que primero hay que arreglar esta molestia de una evidente infección en vías urinarias, asi que decido ir al pequeño hospital privado a la vuelta de nuestra casa.

Algo de rutina, me checan la presión, me hacen algunas preguntas y salgo con mi receta rumbo a mi casa. Camino un poco, para pensar y aclarar mi mente: “… ésta situación entre nosotros no puede seguir así, me siento tan mal que creo que estar dentro de la casa me asfixia un poco”.  Ahora no recuerdo si al referirme a “me sentía” era animíca o físicamente, o a una ya rutinaria y malsana amalgama de ambos.

Llega la tarde y apenas puedo caminar sin interrumpir mis pensamientos y decirme: -“Pero qué molestia, ¡maldita infección! estoy inflamada ¿por qué tengo que dejar las cosas de mi salud hasta el final?. Sólo espero que estas medicinas que compré me hagan efecto PRONTO.”

“Esto ya es demasiado” me digo a mi misma. Siento mucha ansiedad porque esas malditas medicinas no me han hecho nada para las molestias. Decido llamar a mi ginecólogo quien está fuera de su consultorio, le recito toda la información previa que le había dado al médico que consulté en la mañana, y me indica qué otros medicamentos ingerir.

Es de noche, le explico a mi pareja que no me siento bien. Él se marcha por algo para cenar y va de paso a la farmacia por las nuevas medicinas.

Yo me quedo sola, acostada en un sofá viendo la televisión. De pronto ningún canal o programa evadía mi mente de la incomodidad. Me cambio de lado, tomo una almohada, dos almohadas. ¡Nada!. Estoy sudando, y mis manos tiemblan un poco. Por fin me acomodo y ya no siento dolor. En unos segundos siento un cólico enorme. Volteo al techo, a las ventanas… me veo en el espejo. Soy yo. Y no sé quién soy porque siempre, o por lo general como capitana de esta mente, sé qué me pasa. En estos segundos que se vuelven años  que siento éste dolor de origen desconocido no lo sé. Estoy perdida. 

Como no sé qué me está pasando, decido tomar cartas en el asunto. Le llamo rogándole entre gritos y llanto a mi entonces esposo “¡¡Ven por favor!!. No sé qué pasa pero ven. Llévame al hospital.”. 

Siento mis ojos totalmente abiertos, volteo al ventanal y decido bajar las escaleras. Percibo tan frágil el contacto con mi lado racional que decido recetarme un truco y comienzo a contar los escalones para no desmayarme del dolor. “uno.. dos.. tres.. cuatro…cinco… seis…”. Hago pausa en el descanso de las escaleras y sigo volteando hacia arriba hacia todos lados, como si en el techo o en las paredes hubiera una explicación ¡la que fuera! de lo que sucedía. Pensé en salir a la calle para subirme de inmediato al auto tan pronto llegara, o ¿qué tal si comenzaba a caminar hacia la avenida? ¿y si pedía auxilio a alguien que pasara por ahí?.

Entre estos fugacez e intermitentes pensamientos, mi estómago comienza a convulsionarse y tengo unas ganas tremendas de vomitar. “Cólicos fulminantes, conlvulsiones ¿qué más falta?” pensé con sarcasmo. Bajo de tres brincos, estoy en el baño mirándome en el espejo, comienzo a tener arcadas que para mi son eventos extraños y poco usuales.

Mi mente se pierde, no soy ya un ser racional, estoy a la merced de un “algo” que está totalmente fuera de mi entendimiento, y mi entendimiento decide ponerse en silencio ya que no hay experiencia propia o ajena que me ayuden a entender. Mi mente está sometida a mi cuerpo. Vomito una, dos, tres veces. Cada vez acompañando a un cólico más intenso, sudo frío. Durante mis breves momentos de lucidez, no me preocupaba morir porque no era evidente nada, ¡vaya! uno tiene en la cabeza una serie de eventos lógicos que te dan la probabilidad factible de que vas a perder la vida, por ejemplo meterse en una tina con agua y un tostador conectado a la corriente,o caerse en las vias del metro. Mi preocupación única era ¿hasta cuándo? ¿será mi vida así para siempre?, cuando para siempre parece ser este instante en que estalla un dolor inmenso en mi vientre. Vomito una cuarta vez, y en ese segundo siento como se desliza “algo” de entre mis piernas. Se detiene el dolor intenso, y siento un tibio descanso. Vuelvo a ver mi cara desencajada, llorosa y sudada en el espejo.  Por un instante esas tenazas que apretujaban mi mente me dejaron analizar poco a poco el sorpresivo deselance de la situación.  Me siento en el piso y siento como fluye la sangre tibia, como si mi propio cuerpo llorara por dentro.  Dejo de sentir dolor. Hay una pausa y un silencio. Comienzo a sentir dolor, del otro, uno diferente, por entender.

Referencias:

MacIntyre A. Dependent Rational Animals. (1999) Inglaterra. Duckworth

Singer, P. Animal Liberation (1999) Valladolid. Trotta.

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