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Mi abuelo. enero 3, 2010

Posted by anamanzana in amistad, Emociones, Música.
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Escucharlo decir mi nombre era una experiencia fuera de lo común porque pronunciaba muy bien las primeras vocales de mis dos nombres y tenía suficiente cuidado para separarlos: – “Aaana (pausa) Roosa”.

Mi abuelo materno, Antonio Márquez Ponce nació en Aguascalientes el 16 de noviembre de 1907. Huérfano de padre a los 2 años pasó tiempos difíciles con su familia durante la revolución mexicana. En la primaria tomó clases de solfeo y canto coral, y en la secundaria comenzó con prácticas instrumentales en la Banda de Música del Estado. Por ahí de 1922 él y su familia llegaron al puerto de Tampico a buscar mejor fortuna.

A su llegada a Tampico, mi abuelo y sus hermanos comenzaron el proyecto de crear una banda musical y contrataron los servicios de Don Lino Rivas quien fue el primer director de la actual banda municipal de Tampico y quien era paisano y compadre de Porfirio Díaz, entonces presidente de México. Don Lino Rivas, originario de Oaxaca, se dio a la tarea de localizar a los músicos más destacados en la ejecución de su instrumento y cuando tuvo el grupo formado, comunicó a Don Porfirio el resultado de su labor por lo que presidente Díaz hizo llegar al Sr. Rivas todos los instrumentos nuevos y elegantes uniformes para que la banda hiciera una presentación decorosa. En esa época Tampico resultó ser de cariño especial para Díaz debido a que ahí radicó su esposa Carmelita Romero Rubio Castelló, por lo que la ciudad recibió atención especial. Gracias a Don Lino, mi abuelo ingresó a la banda en 1926 tocando el clarinete. En la banda le pagaban medio sueldo y tenía que estudiar de 8am hasta las 12 pm y de la 1pm a las 8pm lo que hizo que pudiera adelantar muy rápido: debido a esto pronto pasaría del último clarinete al primer lugar. Más adelante, y con más experiencia lo contrataban para tocar en el Teatro Palma, cada vez que venían compañías de opereta o cuadros de ópera; así como también intervenía en la Orquesta Sinfónica que patrocinó el Casino Tampiqueño.

En 1943 cuando se instituyó la Escuela Municipal de Música, mi abuelo formó parte del profesorado y organizó una orquesta de salón que llevó el nombre del maestro Manuel M. Ponce.

Mi abuelo tomó cursos de educación artística en la Cd. de México, Monterrey, Victoria y Morelos. Obtuvo reconocimientos y primeros lugares en certámenes de música en Cd. Victoria, Puebla, Tijuana y ciudades fronterizas en los Estados Unidos por mencionar algunos.

Entre algunas de las cosas que hizo mi abuelo fueron:

Bandas Musicales

Formación de grupos musicales.

Banda juvenil municipal de Tampico

Academia de música municipal.

Banda infantil Cd. Madero, Esc. Primaria Melchor Ocampo.

Banda de música juvenil Instituto Tecnológico de Tampico.

Banda de música Esc. Secundaria de Tampico Alfredo E Uruchurtu

Banda Juvenil Esc. Secundaria 20 de Noviembre de Cd. Madero

Banda Juvenil Esc. Secundaria Altamira.

Banda Infantil Club de Leones de Cd. Madero.

Estudiantinas:

Esc. Secundaria No. 3 de Tampico

Instituto Tecnológico de Tampico

Esc. Secundaria preparatoria de Tampico

Esc. Secundaria no. 2 de Tampico

Esc. Secundaria no. 2 de Cd. Madero

Esc. Secundaria para trabajadores no. 12, nocturna de Tampico.

CECIT Salvador Díaz Mirón de Tampico

Esc. Secundaria no. 3 de Tampico

Esc. Secundaria de Cd. Altamira

Universidad Autónoma de Tamaulipas.

Escuelas del Partido Revolucionario Institucional.

Grupo de Flautas:

Esc. Secundaria No. 20 de nov de Cd. Madero

Esc. Secundaria No. 2 de Tampico

Esc. Secundaria no. 3 de Tampico

Esc. Secundaria de Cd. Altamira

Esc. Técnica no. 20 Pesquera de Tampico

CECIT Salvador Díaz Mirón

Instituto Tecnológico de Tampico

Esc. Secundaria Nocturna no. 12 de Tampico

Esc. Normal Matías S. Canales

Esc. Normal Alfredo E. Uruchurtu

Esc. Primaria Gabino Barrera Tampico

Esc. Primaria Enrique C. Rébsamen de Tampico

Colegio Alborada de Tampico

Instituto Regional de Bellas Artes de Tampico, orquesta de salón.

Banda municipal, quinteto de aliento.

¡Por mencionar algunos!. Además de ser director de la banda municipal de Tampico hasta 1987. Él fue quien propuso al presidente Municipal de Tampico Fernando Azcárraga López la integración de un patronato que ayudara a la banda en la compra de instrumentos, archivo y enseres que el ayuntamiento no podía proporcionarles.

Yo sabía poco de la historia de mi abuelo cuando tenía 5 años, sin embargo sí caía en la cuenta que ese hombre alto, que usaba sombrero y bastón, tenía un “algo” especial que me hacía prestar mucha atención en la forma que los demás lo trataban, una mezcla de cariño, admiración y respeto.

-“Aaana (pausa) Roosa… ¿cómo vas en la escuela?”.- Me causaba tanto miedo y emoción que me prestara atención que me escondía entre las faldas de mi madre y no decía mucho. Recuerdo con gusto que mis padres nos llevaban a mí y a mis hermanos a verlo dirigir la banda municipal de Tampico en el kiosko de la plaza de Armas. Algunas otras veces lo acompañábamos a los bajos del palacio municipal, donde la banda guardaba sus instrumentos y sus uniformes. En mi queda muy presente un extraño y penetrante olor a madera mezclada con humedad, así como una enorme admiración por la forma en la que todos lo saludaban, y wow ¡los instrumentos!. No sabía mucho sobre instrumentos musicales, ni cómo se llamaban pero¡ eran tantos!. Todos hacían volar mi imaginación, era como estar en un zoológico pero de animales de madera, con bigotes de cuerda de nylon, con ojos de botones, orejas de palancas, en diversos colores, con sus propios sonidos, historias y particularidades.

Cuando yo tenía 6 años fuimos toda la familia con mi abuelo a elegir instrumentos porque nos daría clases de música a mí y a mis dos hermanos mayores que yo. Mi emoción se vino abajo cuando a mis hermanos les dio a cada uno una guitarra y a mí ¡una mandolina!. En mi corazón de niña sólo podía pensar que siempre había algo malo conmigo y que para variar me daban algo diferente y que ser diferente ¡era malo!. Al no haber guitarras para niños disponibles y porque mi estatura era casi igual a la de una guitarra para adulto, ni modo ¡mandolina!. Sin embargo mi tragedia personal desapareció y todo se volvió perfecto porque montábamos canciones de la región (tipo estudiantina) donde mi mandolina era quien llevaba la melodía principal, y las guitarras me acompañaban. Fue muy fácil para mí encontrarle el gusto a la música porque amé mi mandolina cuando comencé a montar muy fácil las canciones que mi abuelo nos pedía y a deducir las canciones que me gustaban. Nadie tenía que pedirme que estudiara o practicara las nuevas canciones que mi abuelo nos dejaba de tarea, porque apenas se iba mi abuelo de la casa me ganaba la curiosidad de montarlas lo más rápido posible. La forma en la que mi abuelo te metía la música en la médula era sencilla, a muchos les prestaba uno de sus instrumentos o varios para que “probaran cual le gustaba”, después te hacía montar una canción muy fácil, esto es, el día uno ya estabas tocando algo sencillo y de esta forma te hacía ver que las cosas podían ser muy fluidas, para que tomaras confianza. Después si veía en ti mucho interés te enseñaba a tocar “por nota”. Creo que lo importante para él era que las clases de música no fueran un tormento u obligación sino una oportunidad para disfrutar y abrirte a una experiencia nueva.

En una ocasión mi abuelo me invitó a uno de sus salones de clases de música en alguna secundaria de la cual no recuerdo el nombre. Me presentó con mucho orgullo “ella es mi nieta Aaana (pausa) Rooosa y les viene a tocar su mandolina, apenas tiene 8 años y les puede servir de ejemplo a ustedes que son mayores que ella”. En un inicio me moría de la vergüenza, sentía como el tiempo se detenía interminable mientras me presentaba con sus alumnos y me ponía una silla a lado de su escritorio. Él preparaba su guitarra y contaba “uno-dos tres” para iniciar. Me sudaban los dedos pero volteaba a ver a mi abuelo, planchadísimo y con sus zapatos impecables marcando el ritmo, así que no me quedaba sino alinearme y disfrutar el paseo. Los ojos burlones de algunos chicos al final de nuestra modesta interpretación se transformaron en una sonrisa y nos dieron una gran lluvia de aplausos. Fuera de los ensayos caseros con mi abuelo y mis hermanos en casa, fue esa nuestra única interpretación juntos.

Siendo adolescente acompañé a mi madre a un homenaje para mi abuelo y aún no entendía mucho esto de los abuelos, pensaba algo así como: “ ¿Qué no todos los abuelos del mundo son músicos y dirigen las bandas municipales de su ciudad?”. El homenaje sobre su trayectoria fue organizado en el aula magna de la Universidad Autónoma de Tamaulipas (UAT), el lugar estaba completamente lleno de personas desconocidas para mí.

Jamás había visto a un hombre tan feliz y extasiado por ver su obra y pasión sembradas y dando frutos en tantas personas. Dieron un breve discurso que no recuerdo nada, pero lo que sí tengo muy presente fue mi sorpresa por la cantidad de músicos que pasaron a rendir homenaje a mi abuelo: estudiantinas, bandas, cuartetos de aliento, violines. Al final de cada pieza todos tocaban unas notas de la famosa canción “My way”. Mi abuelo sonreía, y reía, se emocionaba al grado de mover sus manos llenas de pecas, cantaba, inclinaba la cabeza y de repente parecía como si dirigiera desde su butaca a cada uno de estos grupos de músicos. Terminando cada interpretación, todos los músicos inclinaban su cabeza en señal de agradecimiento, él aplaudía y se emocionaba como niño. Se sentía un ambiente electrizante porque externaban todas estas personas un estruendoso y honesto agradecer por agradecer y esto lo entiendo ahora como “tú estás aquí y te agradezco porque si no estuvieras aquí feliz yo no estaría tan feliz de estar aquí contigo”. Después me enteré que algunas de las personas que vimos desfilar tocando en el homenaje fueron sus recomendados o alumnos que gracias a él habían continuado su carrera musical en el conservatorio nacional de Música. Ahí me enteré también que mi abuelo fue uno de los principales promotores del instituto regional de bellas artes en Tampico. Su biografía aparece en el libro de “Hombres Ilustres de Tamaulipas”. Después de la experiencia de su homenaje, me cayó ahí el veinte que no sólo era que él disfrutaba y amaba la música, sino que entendía que al compartir ese amor lograba tener un efecto multiplicador, expandiendo su felicidad de forma infinita por unos momentos. No me dio ninguna clase o discurso al respecto, simplemente se le notaba, lo vivía, lo amaban muchas personas.

Uno de mis últimos recuerdos con él fue una visita a un pequeño salón de trofeos que tenía en su casa donde vivía con su segunda esposa y sus hijos. Podías ver por todas partes recortes de periódico, diplomas y trofeos en las paredes como la “Jaiba de Oro”, otorgada por la ciudad de Tampico o la Medalla al Mérito educativo “Fray Andrés de Olmos”. Su sonrisa y su risa no tenían igual, así como su forma de platicar sus muchas anécdotas con ojos traviesos que se abrían más cuando veía cómo nos tenía totalmente embobados. Sin duda compartir sus logros le causaba enorme satisfacción.

Mi abuelo no fue un hombre perfecto, sin embargo me dio un buen ejemplo sobre compartir lo que más amas ser en tu vida, sobre dar las gracias siempre, sobre buscar tu propio camino, sobre disfrutar con una sonrisa enorme ser diferente, sobre crear nuevas oportunidades para ti y para los demás, sobre encontrar tu forma y tu vida.